Una serpiente dorada custodia la puerta de la Farmacia Sanchís, situada en el número 117 de la Rambla de Catalunya, un céntrico y elegante paseo de Barcelona. Normalmente, la iconografía la enrosca en la copa de Higia, la diosa de la Salud, pero aquí, al contrario de otras farmacias, abre la boca desafiante, desde el tirador, como si fuera la guardiana de esta botica modernista que durante más de 125 años ha velado por el bienestar de sus vecinos. AFarmacia Sanchís apuesta por las fórmulas magistrales, que les permiten conservar la esencia farmacéutica, pero también por la innovación un que también podría ser el salvo conducto a un mundo que conecta el pasado con el futuro, logrando mantener un legado hasta el presente donde el trato con el cliente y la proximidad son sus principales atributos.
“Mi lugar favorito es la cúpula. La gente lo confunde con una iglesia”, manifiesta María Del Mar Sanchís, actual propietaria del negocio. Bajo el techo del ábside, pintado de plumas de pavo real, las antiguas estanterías de madera resguardan decenas de frascos de principios de siglo. Cicuta, Kaolin, Cremor Tártaro, Óxido de blanco de antimonio… Sustancias que los dueños de esta farmacia usaron hace más de un siglo y que aún se conservan bajo los arcos ojivales del mueble. Ahora, se mezclan con cajas de Frenadol, Fisiocrem y otros productos desarrollados en el laboratorio.
“La modernización va por dentro”, apunta Sanchís. Mientras turistas y curiosos visitan cada día este templo farmacéutico, catalogado como bien cultural de interés local, en su trastienda late la innovación. Y, quizá, es su secreto mejor guardado para perdurar en el tiempo.

Más de 125 años al pie del cañón y respetando el legado
Es probable que allá por 1885, Frederic Vallet Xiró, el fundador de la empresa, ya compartiera esta visión. En aquella época tan solo había abiertas en Barcelona unas 120 farmacias, pero ninguna en la Rambla de Catalunya. Aquello era una zona rural, donde todo estaba aún por venir, y no el elegante paseo que es hoy. Así, Vallet, que pertenecía a la alta burguesía catalana, decidió poner una de las primeras piedras para un negocio. Para ello, encargó al arquitecto Josep Pérez i Terraza un edificio que albergara su futura farmacia.
En la planta baja de aquella casa, abrió, por fin, en 1900, su farmacia. La noticia apareció en el extinto “El Noticiero Universal”, donde se destacaba que el local, “magníficamente decorado”, hacía honor al arquitecto. Era un establecimiento espléndido, con los techos artesonados y un magnífico cordialero de madera, de estilo neogótico, que presidía la sala.
No eran tiempos sencillos para las boticas. En el Eixample faltaban vecinos y las farmacias no expedían más de 15 recetas al día. Según contaba un antiguo auxiliar de la farmacia, al principio tenían que cerrar la puerta para que no entraran los rebaños de cabras. Una clientela poco deseada. Vallet estuvo unos cuantos años al frente de la farmacia hasta que la heredó su hijo, Frederic Vallet i Mas. Entonces hacían muchas fórmulas magistrales, usando las sustancias que aún se conservan en los frascos. Una receta para cada cliente. Posteriormente, el negocio pasó a manos de su sobrino, Àngel Tanganelli i Vallet, que la regentó hasta 1991.
En julio de ese año, María del Mar compró la farmacia que ha sido su vida a lo largo de estos 35 años. “Cuando la cogí era muy joven. Tenía tan solo 27 años y estaba recién casada”– cuenta. “Antes había trabajado en varias farmacias, pero nunca había llevado una. Salió la oportunidad, y la aproveché”.
El matrimonio Tanganelli era ya mayor y su hija no era farmacéutica. Se había dedicado a la abogacía. Gracias a un conocido, el padre de María del Mar se enteró de la venta del negocio y le ofrecieron la posibilidad de comprarla. “Al principio la hija estuvo ayudándome un poquito con la clientela. Pero pasados unos meses se fue”, explica María del Mar, “Cuca”, como la llaman todos cariñosamente.

Uno de sus primeros propósitos fue restaurar el local. Los antiguos propietarios habían pintado la farmacia de marrón chocolate y decidió contratar a un profesional que le devolviera su antiguo aspecto. “Decapamos toda la madera: las cornisas, las puertas exteriores e interiores y los mostradores. También sustituimos el pavimento original, porque estaba muy deteriorado. Nos costó mucho tiempo y mucho dinero. Pero el resultado salta a la vista”, dice orgullosa.
“Al principio fue muy duro. Con los embarazos, las guardias nocturnas con la barriga… Entonces éramos solo dos personas trabajando y ahora somos once”, explica. Desde aquellos días la farmacia ha crecido mucho. “Todo a base de picar piedra”, como dice humilde Cuca.
Esencia farmacéutica e innovación, la fórmula que funciona
Pero, tras los espléndidos mostradores de la botica, labrados en madera, hay mucho más que contar: una apuesta por la esencia farmacéutica y la innovación, que ha hecho que la Farmacia Sanchís haya ido creciendo, fiel a su origen, pero con la mirada puesta en el futuro.
Una de sus grandes apuestas son las fórmulas magistrales, que ya forman parte de su identidad. Las hacían Vallet y Tanganelli, y hoy Cuca y su hija Marta, que trabaja también en el negocio, las siguen elaborando. Hablar de esto genera un brillo en los ojos de Cuca. “Siempre las he mantenido, porque creo que son la esencia de una farmacia. Nosotros formulamos para nuestros clientes, pero también para otras farmacias de Barcelona. Y aunque es complejo, por todo el papeleo que implica, es lo que me llena como profesional”, confiesa.
También elaboran sus propios productos, como su sérum de ácido hialurónico o su jarabe para la tos, auténticos best sellers de la farmacia. Ahora los desarrollan junto a un laboratorio italiano, que les apoya en la producción. De otra manera era imposible, ya que no tenían el espacio de almacenaje necesario para elaborar y almacenar los productos.

Respetar la manera de hacer del pasado, pero dar un paso hacia la innovación
El otro principio activo del negocio es la innovación, que en los últimos años les ha llevado a adaptarse a las necesidades del cliente, a tomar velocidad y a gestionarse mejor. Y aunque siempre había estado presente en cada ámbito de su labor: en desarrollar la parafarmacia, ser los primeros en traer nuevas marcas, vender productos sin gluten… La viva muestra de la innovación se encarna ahora en Manolito, el último miembro de su equipo. “Nuestro robot Manolito es la innovación más grande que hemos hecho en los últimos años. Gestiona un almacén donde nosotros volcamos todos los medicamentos que nos llegan y él mismo los guarda de manera inteligente. Luego, cuando estamos dispensando y mandamos la orden, nos baja los productos. También gestiona caducados. Así evitamos errores”, sonríe. “¿Lo oyes trabajar? Nuestro nuevo compañero nos facilita mucho el trabajo”.
Sin embargo, para Cuca, la clave del éxito de su farmacia va más allá de la química y la tecnología: “Un buen trato con el cliente es primordial. Un buen asesoramiento. Estar siempre ahí para lo que necesiten”. Lo consiguen gracias a un equipo de doce personas –diez farmacéuticos, un médico y una nutricionista– que, como ella dice, “llegan donde tú sola no puedes”. “La gente vuelve, y eso es por el trato que les damos”, subraya.
El reto de mirar siempre hacia adelante
Gracias a este equipo, que ha ido creciendo a lo largo de tres décadas, han podido hacer frente a distintos desafíos. Desde mantenerse actualizados para cubrir todas las necesidades del cliente a otros de mayor envergadura, como fue la pandemia del COVID-19 en 2020.
“Fue muy duro, la gente estaba muy nerviosa. Pero no cerramos ni un día. El equipo estuvo conmigo al pie del cañón. Tirando adelante, ayudándome, buscando soluciones”, recuerda Cuca. Para hacer frente a las necesidades de los clientes se organizaron en dos equipos. Entre todas –eran casi todas chicas– fabricaban su propio gel hidroalcohólico cuando no había y buscaban las herramientas que necesitaban para seguir dando servicio.
La mayor preocupación de Cuca era sacar el negocio adelante, cuidar a los clientes y no bajar la persiana. “Por lo que más sufría era por el miedo a cerrar o tener que prescindir de alguien. Había días que volvía a casa llorando de la tensión, pensando ‘¿Cómo voy a mantener esta estructura que tengo?’”. Al final, lo lograron. En parte gracias a un crédito bancario que les permitió respirar y tirar adelante. “Banco Sabadell me lo puso muy fácil. Nos concedió el crédito y nos ayudó muchísimo”, afirma Cuca, que lleva trabajando con ellos toda la vida.
Hoy el crédito ya está pagado, pero los desafíos son otros. Adaptarse a los nuevos canales online, gestionar cada día mejor la oferta de precios en la parafarmacia, o incluso hacer frente a apps como Yuka, a la que cada día recurren más usuarios cuestionando su asesoramiento. “Algunos clientes vienen, piden consejo y luego piden el producto por internet. Otros, por suerte, también nos traen bombones”, sonríe Cuca. “Esos son los importantes, los que quiero que se queden”
Porque, si hay un desafío definitivo, ese es seguir creciendo, mantener la clientela, sumar nuevos clientes y darse a conocer de puertas hacia afuera. “Tenemos que estar al día -dice Marta Pagés Sanchís, hija de la actual dueña- y seguir formándonos, innovando y evolucionando. Porque los clientes también evolucionan y nos tenemos que adaptar a ellos”.
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